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Iglesia Adventista del Séptimo Día Central de Chorrillos

Mayordomía

¿Por qué debo considerarme un Mayordomo?

Los Adventistas del Séptimo Día creen que somos mayordomos de Dios, quien nos ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos. Somos responsables ante él de su uso correcto. Reconocemos que Dios es el dueño, al rendir fiel servicio tanto a él como a nuestros semejantes, y al devolver los diezmos y dar ofrendas para la proclamación de su Evangelio y el apoyo y crecimiento de su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios nos concede para ayudarnos a crecer en amor y obtener la victoria sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo se regocija en las bendiciones que otros reciben como resultado de su fidelidad.


Sustento bíblico:


Génesis 1:26-28
Génesis 2:15
1Crónicas 29:14
Hageo 1:3-11
Malaquías 3:8-12
1Corintios 9:9-14
Mateo 23:23
Romanos 15:26,27
2Corintios 8:1-15

Por creación y redención todos y todo pertenece a Dios

Más que cualquier otra cosa, la vida cristiana significa la entrega de nosotros mismos y la aceptación de Cristo.
Una vez que entregamos todo lo que somos y lo que tenemos a Dios, a quien todo le pertenece de todos modos (1Cor.3:21-4:2) él lo acepta pero luego nos lo vuelve a entregar, haciéndonos mayordomos o cuidadores de todo lo que poseemos.

¿Qué es mayordomía?
1Cor.6:19,20
Un mayordomo es una persona a la cual se le entrega el manejo de la casa o la propiedad de otro. Mayordomía es la posición, deberes o servicio de un mayordomo.
Para el cristiano mayordomía significa la responsabilidad que le cabe al hombre por todo lo que Dios le ha confiado, y el uso que de ello hace: la vida, el ser físico, el tiempo, los talentos y capacidades, las posesiones materiales, las oportunidades de servir a otros y su conocimiento de la verdad
En sus dimensiones más amplias, la mayordomía abarca el uso sabio y abnegado de la vida.


Formas de Reconocer que Dios es el dueño


Mayordomía del cuerpo: Los hijos de Dios son mayordomos de sí mismos (Luc.10:27) Los cristianos tienen el privilegio de desarrollar sus poderes físicos y mentales al máximo de su capacidad y oportunidades. Al hacer esto, honran a Dios y se capacitan para ser de mayor bendición para con sus semejantes.

Mayordomía de las capacidades: Cada persona posee aptitudes especiales. Cada talento puede ser usado para glorificar, ya sea al que lo posee o a su dador original. Debiéramos cultivar los dones que el Espíritu Santo le concede a cada uno de nosotros, con el fin de multiplicarlos (Mat.25). Los buenos mayordomos usan liberalmente sus dones con el fin de producir mayores beneficios para su amo.

Mayordomía del tiempo: Como fieles mayordomos, glorificamos a Dios al usar sabiamente nuestro tiempo. (Col.3:23,24). Como Jesús debemos ocuparnos en los negocios de nuestro Padre (Luc.2:49). Por cuanto el tiempo es el don de Dios, cada momento es precioso.

Cuando, en la creación, Dios nos concedió el tiempo, se reservó el séptimo día sábado como un periodo sagrado para la comunión con él. Pero se proveyeron seis días para que la familia humana se ocupara el actividades útiles.

Mayordomía de las posesiones materiales: Dios les concedió a nuestros primero padres la responsabilidad de sojuzgar la tierra, gobernar el reino animal, y cuidar del jardín del Edén (Gén.1:28; 2:15). Todo eso les pertenecía no sólo para que gozaran de ello, sino para que lo administraran.
Después de la caída, Dios ya no pudo seguir probando a la humanidad por medio del árbol del conocimiento. Pero los seres humanos todavía necesitaban un recordativo constante de que Dios es la fuente de todo don bueno y perfecto (Sant.1:17) y que él es quien nos provee con el poder para obtener riquezas (Deut.8:18). Con el fin de recordarnos que él es la fuente de toda bendición, Dios instituyó un sistema de diezmos y ofrendas.

Dios ha ordenado que la tarea de compartir las buenas nuevas de salvación debe depender de los esfuerzos y ofrendas de su pueblo. Los llama a convertirse en colaboradores abnegados con él al entregarle sus diezmos y sus ofrendas.

1. Los diezmos: La escritura nos dice que el diezmo es santo al Señor, simbolizando el hecho de que Dios es el dueño de todo (Lev.27:30,32). Se le debe devolver, por cuanto le pertenece a él. En proporción a la manera como Dios nos ha dado el uso de su propiedad, así también debemos devolverle el diezmo. Cuando Dios pide nuestros diezmos (Mal.3:10), no apela a nuestra gratitud ni a nuestra generosidad, diezmamos porque Dios lo ha mandado.

a. Ejemplos de entrega de Diezmos:

        a.1 Abraham (Gén.14:20);

        a.2 Jacob (Gén.28:22);

        a.3 Israel (Lev.27:30-32; Núm.18:24,26,28; Deut.12:6,11,17);

        a.4 Jesús (Mat.23:23).

 

Así como Abraham entregó el diezmo a Melquisedec, el sacerdote del Dios Altísimo, también los creyentes del nuevo pacto le entregan sus diezmos a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Heb.5:9,10; 7:1-22)

2. El uso de los diezmos: Los diezmos son sagrados y deben usarse exclusivamente con propósitos santificados (Lev.27:30-32; Mal.3:10). En Israel, se usaba exclusivamente para los levitas (Núm.18:21,24). Después de la crucifixión, cuando se terminó el papel divinamente asignado del sacerdocio levítico, los diezmos debían seguir usándose para apoyar el ministerio de la iglesia de Dios (1Cor.9:11-14).

Las contribuciones que hacen a la iglesia los cristianos agradecidos no pueden limitarse a la entrega del diezmo. En Israel, el tabernáculo, y más tarde el templo, fueron construidos gracias a las ofrendas voluntarias, esto es las que se entregaban con corazones dispuestos (Exo.36:2-7; 1Crón.29:14). Además había ofrendas especiales que cubrían los gastos de mantenimiento de esos lugares de culto (Exo.30:12-16; 2Rey.12:4,5; 2Crón.24:4-13; Neh.10:32,33.

Cristo estableció el principio de la verdadera mayordomía (Luc.12:48; Mat.10:8)

3. El uso de lo que queda: Si bien el diezmo constituye la prueba básica de mayordomía de nuestras posesiones materiales y temporales, el uso que hacemos de lo que queda también nos prueba. (Mat.25:34-40)

4. La infidelidad en los diezmos y ofrendas: Malaquías 3: 6-12 Nuestra infidelidad en la devolución de nuestros diezmos y ofrendas es considerada por Dios como robo.

La Mayordomía de nuestro planeta: Somos administradores de este mundo y debemos hacer todo lo posible por mantener la vida en todos los niveles, preservando intacto el equilibrio ecológico. (Apoc.11:18)

Cristo Como Mayordomo
Cristo entregó no sólo lo que tenía y lo poseía todo-, sino también se entregó a si mismo. En esto consiste la mayordomía.

Las Bendiciones de la Mayordomía


Una bendición personal: Una razón por la cual Dios nos pide que consagremos continuamente a él nuestra vida entera, es con el fin de promover nuestro propio crecimiento espiritual y desarrollo del carácter. La mayordomía fiel también nos ayuda a obtener la victoria sobre la codicia y el egoísmo. La ley condena la codicia, uno de los peores enemigos de la humanidad. Jesús también la condenó (Luc.12:15) El ejercicio regular y sistemático de la generosidad nos ayuda a desarraigar de nuestras vidas la avaricia y el egoísmo. (Mat.25:40)

Una bendición para nuestros semejantes: Los verdaderos mayordomos bendicen a todos los individuos con quienes se ponen en contacto. (1Tim.6:18,19). La mayordomía abarca el servicio a los demás e implica nuestra disposición a compartir todo lo que Dios nos haya entregado en su misericordia, que puede ser de beneficio para otros. Dar con el espíritu de Cristo es vivir de verdad.

Una bendición para la Iglesia: La adopción del plan bíblico de mayordomía es indispensable para la iglesia. La participación continua de sus miembros en el acto de dar es como el ejercicio: fortalece el cuerpo de la iglesia, y le permite participar en compartir las bendiciones que Cristo le ha concedido, lista para responder a cualesquiera necesidades se presenten en la causa de Dios.
En vista de que Cristo nos asegura que volverá cuando se haya proclamado el evangelio del reino (Mat.24:14), todos estamos invitados a ser mayordomos y colaboradores con él. De este modo, el testimonio de la iglesia será una poderosa bendición para el mundo, y sus fieles administradores se regocijarán al ver que las bendiciones del Evangelio se extienden a la vida de sus semejantes.


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